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domingo, 14 de septiembre de 2014
lunes, 8 de septiembre de 2014
¡Somos débiles!
“Dios no se revela mediante el poder y la riqueza del mundo, sino mediante la debilidad y la pobreza: ‘Siendo rico, se hizo pobre por vosotros…’. Cristo, el Hijo eterno de Dios, igual al Padre en poder y gloria, se hizo pobre” (PAPA FRANCISCO)
La culpabilidad aparece cuando no coincide la imagen de fortaleza que tengo de mí mismo con lo que verdaderamente soy y tengo adentro mío. La culpa lo único que hace es hundirnos. Uno tiene una imagen de si mismo, pero cuando aparece la
verdadera interioridad, se produce una ruptura. En ocasiones aparece la culpa diciéndonos “fallé, no alcancé, qué habré hecho”.
Podemos recordar, la parábola del hijo prodigo, donde siendo un hijo rico, amado por su Padre, quiso irse lejos y malgastar la herencia que él le había dado: También dijo: Un hombre tenía dos hijos; y el menor de ellos dijo a su padre: Padre, dame la parte de los bienes que me corresponde; y les repartió los bienes. No muchos días después, juntándolo todo el hijo menor, se fue lejos a una provincia apartada; y allí desperdició sus bienes viviendo perdidamente. Y cuando todo lo hubo malgastado, vino una gran hambre en aquella provincia, y comenzó a faltarle. Y fue y se arrimó a uno de los ciudadanos de aquella tierra, el cual le envió a su hacienda para que apacentase cerdos. Y deseaba llenar su vientre de las algarrobas que comían los cerdos, pero nadie le daba. Y volviendo en sí, dijo: !Cuántos jornaleros en casa de mi padre tienen abundancia de pan, y yo aquí perezco de hambre! Lc 15, 11-17 Cuántas veces nosotros hemos mal gastado todo aquello que Dios nos ha dado, a nuestra familia, el trabajo, la escuela, los verdaderos amigos, por cosas vánales o momentáneas que solo nos satisfacen por un momento. Me levantaré e iré a mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti. Ya no soy digno de ser llamado tu hijo; hazme como a uno de tus jornaleros. Y levantándose, vino a su padre. Y cuando aún estaba lejos, lo vio su padre, y fue movido a misericordia, y corrió, y se echó sobre su cuello, y le besó. Y el hijo le dijo: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti, y ya no soy digno de ser llamado tu hijo. Lc 15, 18.20 El padre está allí, lo ve desde lejos, lo estaba esperando cada día, cada momento; ha estado siempre en su corazón como hijo, incluso cuando lo había abandonado, cuando había dilapidado todo el patrimonio, es decir su libertad. El Padre con paciencia y amor, con esperanza y misericordia no había dejado ni un momento de pensar en él, y en cuanto lo ve, todavía lejano, corre a su encuentro y lo abraza con ternura, la ternura de Dios, sin una palabra de reproche: Ha vuelto. Y esa es la alegría del padre. En ese abrazo al hijo está toda esta alegría: ¡Ha vuelto! Dios siempre nos espera, no se cansa. La paciencia de Dios debe encontrar en nosotros la valentía de volver a Él, sea cual sea el error, sea cual sea el pecado que haya en nuestra vida.
¿Quién dicen que soy yo?
¿Quién dicen que soy yo?
Mt. 16, 15
No es una pregunta neutral o indiferente hecha por Jesús en un pasado lejano a hombres distintos de nosotros, es más bien, una pregunta permanente y personal que Jesús nos hace a ti y a mí.
Muchas personas con sinceridad respondieron lo mismo que Pedro, porque en verdad en Jesús tienen puesta su esperanza, y cada día se esfuerzan en seguirlo, con dificultades y caídas.
La respuesta de Pedro era no solo sincera, sino verdadera: En verdad, Jesús es el mesías… Sin embargo el Señor no permitió a sus apóstoles que lo dijeran a la gente porque había en ellos una confusión. Ellos pensaban en un Mesías que humillara a sus enemigos y recibiera tributos de todas las naciones. Pero Él empezó a ensañarles como era ser Mesías, se identifico con la raza humana lleno de poder y de gloria pero no de prepotencia, si no de humildad.
En busca de la felicidad
Todos estamos en busca de la felicidad y esta se iguala con la necesidad que nosotros tenemos de Cristo. Esta necesidad que surge con el hecho de anhelar sentirnos amados y experimentar esa real felicidad. Pero, ¿por qué no logramos sentir esa plenitud?
En este punto sería bueno recordar en cuantos sitios buscamos como lo son: sexo, cigarro, alcohol, drogas, vanidad, dinero, reconocimiento, amistades, noviazgos, etc.
Pero al hacer un recuento de todo esto podemos darnos cuenta de que sólo hemos encontrado placer o satisfacción, en lo que es un espejismo, el Santo Sínodo menciona “la sociedad ha logrado multiplicar las ocasiones de placer, pero encuentra muy difícil engendrar la alegría.” (EVANGELII GAUDIUM, 7)
Esto pronto se convierte en incomodidad causada por la permanencia del vacío y heridas que poco a poco se fueron clavando mas en nuestro corazón, provocando dolor y cicatrices que llegamos a pensar nunca tendrían alivio. Pero ha llegado el momento de experimentar la alegría del evangelio, la cual llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús.” (EVANGELII GAUDIUM, 1)
Lo que Dios te ofrece hoy no es momentáneo ¡porque somos hijos de un Dios eterno que cumple sus promesas y las cumple para siempre.
Siendo Él el único capaz de llenar aquel vacío que tu corazón ha sentido durante tanto tiempo, pues ¿Qué mejor que el creador para saber lo que su obra necesita? ¿Qué mejor que el amor de un padre para saciar la sed del hijo? Y justamente esto es lo que Dios es de ti, un padre que busca apaciguar tu sed de amor.
San Agustín nos dice: nos hiciste para Ti, Señor, y nuestro corazón anda siempre inquieto, corriendo y brincando desasosegado por todas partes, hasta que encuentra su lugar y descanso en Ti; llenando y saciando la sed, nuestros anhelos legítimos y nuestras auténticas necesidades profundas, de cada individuo y de toda la humanidad. (San Agustín, Confesiones)
Mt. 16, 15
No es una pregunta neutral o indiferente hecha por Jesús en un pasado lejano a hombres distintos de nosotros, es más bien, una pregunta permanente y personal que Jesús nos hace a ti y a mí.
Muchas personas con sinceridad respondieron lo mismo que Pedro, porque en verdad en Jesús tienen puesta su esperanza, y cada día se esfuerzan en seguirlo, con dificultades y caídas.
La respuesta de Pedro era no solo sincera, sino verdadera: En verdad, Jesús es el mesías… Sin embargo el Señor no permitió a sus apóstoles que lo dijeran a la gente porque había en ellos una confusión. Ellos pensaban en un Mesías que humillara a sus enemigos y recibiera tributos de todas las naciones. Pero Él empezó a ensañarles como era ser Mesías, se identifico con la raza humana lleno de poder y de gloria pero no de prepotencia, si no de humildad.
En busca de la felicidad
Todos estamos en busca de la felicidad y esta se iguala con la necesidad que nosotros tenemos de Cristo. Esta necesidad que surge con el hecho de anhelar sentirnos amados y experimentar esa real felicidad. Pero, ¿por qué no logramos sentir esa plenitud?
En este punto sería bueno recordar en cuantos sitios buscamos como lo son: sexo, cigarro, alcohol, drogas, vanidad, dinero, reconocimiento, amistades, noviazgos, etc.
Pero al hacer un recuento de todo esto podemos darnos cuenta de que sólo hemos encontrado placer o satisfacción, en lo que es un espejismo, el Santo Sínodo menciona “la sociedad ha logrado multiplicar las ocasiones de placer, pero encuentra muy difícil engendrar la alegría.” (EVANGELII GAUDIUM, 7)
Esto pronto se convierte en incomodidad causada por la permanencia del vacío y heridas que poco a poco se fueron clavando mas en nuestro corazón, provocando dolor y cicatrices que llegamos a pensar nunca tendrían alivio. Pero ha llegado el momento de experimentar la alegría del evangelio, la cual llena el corazón y la vida entera de los que se encuentran con Jesús.” (EVANGELII GAUDIUM, 1)
Lo que Dios te ofrece hoy no es momentáneo ¡porque somos hijos de un Dios eterno que cumple sus promesas y las cumple para siempre.
Siendo Él el único capaz de llenar aquel vacío que tu corazón ha sentido durante tanto tiempo, pues ¿Qué mejor que el creador para saber lo que su obra necesita? ¿Qué mejor que el amor de un padre para saciar la sed del hijo? Y justamente esto es lo que Dios es de ti, un padre que busca apaciguar tu sed de amor.
San Agustín nos dice: nos hiciste para Ti, Señor, y nuestro corazón anda siempre inquieto, corriendo y brincando desasosegado por todas partes, hasta que encuentra su lugar y descanso en Ti; llenando y saciando la sed, nuestros anhelos legítimos y nuestras auténticas necesidades profundas, de cada individuo y de toda la humanidad. (San Agustín, Confesiones)
EL MIEDO- MH
El miedo es una de las armas más fuertes que tiene el diablo para frenar al creyente. Una comunidad con gente miedosa es un peligro, pues cultivar miedos abre la posibilidad de que esos miedos se hagan realidad (Job 3,25 dice: “Todos mis miedos se hicieron realidad”).
Acá te pongo 6 maneras de vencer al miedo:
1) Déjate amar por Dios. El amor y el miedo son contrarios. Si sientes que el miedo te arropa, generalmente es producto de una desconfianza en que Dios Padre está cerca cuidándote. Cuando alguien se siente amado(a) nadie le detiene. Experimentar a Dios es la clave principal. ¡Abre tu corazón! El está cerca.
2) Miedo es tener fe en el reino contrario. El Reino de Dios está aquí, para ello vino Jesús a inaugurar el Reino del Padre. Un Reino donde todo es posible para el que cree. No pongas tu atención en lo malo que ‘pudiese suceder’ confía en que el Rey está aquí y que con su Presencia todo va a mejorar. En pocas palabras activa tu fe en el Reino de Dios.
3) Enciende la luz. Si entras a una ‘casa del terror’ con las luces encendidas verás que todo lo que hay dentro es falso. Apariencia. El miedo se alimenta de las apariencias. La falta de claridad distorciona nuestra visión haciéndonos ver como real algo que con la luz encendida es un ‘muñeco mecánico’. Jesús dice: “Yo soy la Luz”. Enciende la Luz. Clama a Jesús. Ponlo en tu mente y corazón. Llámale con tus labios. Vive en Su amor y perdón y la oscuridad se irá.
4) Recuerda y no olvides. Olvidar a Dios es peligroso. Memoriza la Palabra de Dios y cuando te ataque el miedo, recuerda lo que Dios dice. Recuerda que Jesús nos dio Su vida, Su sangre, Su Espíritu Santo. Recuerda que tienes un ángel guardián. Si olvidas la verdad, te gana la mentira. Así que no olvides…recuerda.
5) Enfrenta tus miedos. Si te fijas la armadura que nos describe S. Pablo en Efesios 6 no tiene cobertura en la espalda. La armadura no cubre las espaldas, queriéndonos decir que si huyes mostrarás la única área desprotegida que tienes. El miedo seguirá siendo miedo sino lo enfrentas. Pero si lo enfrentas se convertirá en un testimonio que glorificará a Dios.
6) Reúnete. La armadura no tiene cobertura en la espalda pero tus amigos pueden cuidartela (poniéndose en tu espalda y usando su escudo para protegerte). No hay nada mejor que una poderosa reunión de oración para alejar al miedo. Reúnete con otros creyentes, énfocate en Dios, alabalo y adórale. El orar juntos hace que al miedo le de miedo. La alegría de estar juntos diluye altos niveles de miedo.
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